El Maleficio de al Ándalus

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al-ándalus

El Maleficio de al- Ándalus

by Sixto de la Llave Casillas, Edición 2016

Una novela que narra el viaje de un joven bereber a lo que en tiempos fue al Ándalus con la misión de romper el maleficio que pesa sobre su pueblo.

Disponible en papel y e book

 

EL maleficio de al- ándalus

Dejo en esta muestra, parte del primer capítulo para que valoréis si os interesa o no,comprar el libro. Tanto si deciden hacerlo como si no, les agradezco su visita a esta página, Gracias.

 

EL MALEFICIO DE AL- ÁNDALUS

 

Capítulo 1º

 

Era precisamente allí donde la gran cordillera enterraba las faldas de sus montañas en la ardiente arena, indicando así el comienzo del extenso desierto del Sahara. Una gran franja de terreno arenoso que cruza el continente africano de oeste a este por el sur del gigantesco Atlas, mirando al sur, todo lo que se alcanzaba a ver eran unos escasos montículos de arena perdiendo frecuencia en la distancia al igual que la escasa vegetación, que se hacía cada vez más rara al adentrarse en aquel baldío mar de arena.

 

En aquel lugar, allá en la lejanía, a la sombra de un pequeño oasis, protegida de los vientos por un montículo, llamaba la atención una casa, una casa fabricada por entero con adobes y barro, pero que a pesar de lo elemental de sus materiales y de su construcción se adivinaba amplia y señorial. Tenía adosadas unas dependencias más pequeñas unidas a sendos corrales en los que sesteaban un ciento de cabras. En otro corral, los que parecían dormitar eran tres dromedarios. Aprovechaban la siesta para, con lentos y desgarbados movimientos, rumiar los bolos que uno de sus estómagos les devolvía a la boca para, después de masticado, tragárselo de nuevo. En el tercer y último corral, el más pequeño, un corcel blanco como la nieve se afanaba en revolcarse una y otra vez en el polvo para secarse el sudor producido por la larga cabalgada que acababa de finalizar por el enorme desierto a la vez que un niño, tras llenar los pesebres de paja, se afanaba en reponer con un cubo el agua que el caballo había consumido del abrevadero.

Dentro de la casa, en una enorme estancia, el hombre que había llegado a lomos del caballo blanco era objeto de múltiples atenciones y muestras de hospitalidad de la que los beréberes hacen gala, mientras mantenía una conversación con los habitantes de la casa. Hablaban el tamahaq , dialecto berebere que es utilizado por el pueblo tuareg . Esto, unido a la vestimenta azul del huésped así como al “litan” también azul que le cubría el rostro, no dejaba duda de que se trataba de un auténtico tuareg. Abul, el señor de la casa, hizo una seña a un joven siervo de piel negra vestido con bombachos y turbante que se mantenía erguido, totalmente inmóvil con los brazos cruzados, esperando las órdenes de su amo. Se acercó al tuareg haciéndole una reverencia y con un gesto servil le indicó el camino para que le siguiera. Pasaron a una sala donde se encontraba una pequeña alberca llena de agua clara que dos mujeres se afanaban en perfumar esparciendo pétalos de flores. El hombre asintió y sin más se dispuso a desnudarse para después introducirse en tan preciado elemento donde se sumergió durante unos instantes disfrutando del placer de un baño, a la vez que desprendía de su cuerpo la fina arena del desierto adherida a él como si de una segunda piel se tratase. Mientras, Nakar, el joven siervo, volvió a su posición de inmovilidad como si se transformara en una estatua de ébano que adornara el rincón de la estancia. Las dos mujeres, siervas también, cuando vieron al hombre incorporarse emergiendo del agua comprendieron que daba por finalizado el baño, la más joven se acercó caminando suavemente por el suelo de barro cocido, llevando abierta una gran toalla con la que el tuareg comenzó a secarse a la vez que la otra mujer procedía a perfumarle mientras le ofrecía ropa limpia. La escena parecía sacada de un cuento de las mil y una noches, era impensable que en el siglo XXI hubiera todavía personas con el rango de siervos, por que aunque no hace mucho se extinguieron las cacerías de esclavos, todavía muchas de estas sociedades seguían compuestas de señores, vasallos y siervos, estos últimos descendientes en su mayoría de los esclavos de raza negra que estuvieron al servicio de los señores beréberes. No se podía creer que hubiera todavía auténticos tuareg, que como otras muchas tribus bereberes ejercían su condición de nómadas del desierto sobreviviendo a ese clima extremo de las arenas que estaba vedado a la mayoría de los hombres al igual que de los animales y las plantas.

Cuando el hombre se vistió, se incorporó nuevamente a la compañía del señor de la casa con quien mantuvo una larga conversación, mientras ambos comían variadas frutas exóticas con tal brillo que parecían de porcelana.

 

Abul, de cuando en cuando, tenía alguna larga mirada de orgullo para Yusuf, su primogénito, que aunque gozaba de un lugar privilegiado en la estancia, acomodado entre cojines de seda, no le era permitido participar en la conversación sin el permiso de su padre. Yusuf tenía dieciséis años, cumplía diecisiete al día siguiente, pero su complexión atlética y fibrosa, su considerable altura para su edad, su manera de escuchar, sus razonamientos, sus ansias de aprender y esa serenidad en sus ojos negros le daban aspecto de tener dos o tres años más por lo que ya era considerado por todos un adulto. Su padre, orgulloso, le invitó a sentarse entre el tuareg y él, diciéndole: “Escucha atentamente todo lo que te vamos a contar, juzga y actúa en consecuencia, pues de lo que tú decidas va a depender el futuro del pueblo berebere”. Yusuf puso su calmada mirada sobre el tuareg, que lenta y cuidadosamente empezó a contar:

Hace más de ochocientos años, cuando tus antepasados almohades tomaron el poder en al-Andalus, lo que hoy se conoce como España y Portugal, desplazando así a los almorávides , tenían un proyecto que no acabó de hacerse realidad, era la unión de todas las tribus del norte de África, de todos los bereberes formando una gran nación que sería la envidia de todas las demás, pues nuestra cultura desde tiempos inmemoriales estaba a la vanguardia de todo el mundo conocido. Yusuf I iba camino de conseguirlo, hizo cuanto pudo para culminar el proyecto, incluso incorporó en al-Andalus el reino de Murcia y Valencia, gobernado por el terrible Ibn Mardanis, conocido por todos como el “Rey Lobo”, pero murió luchando por ampliar nuestro imperio en el asalto a la fortaleza de Santarem, en lo que hoy es Portugal. Su hijo y sucesor, Yusuf II, siguió arrebatando tierras cristianas, proclamando el tawhid . Luchó contra los cristianos, la mayoría de las veces con éxito, pero tampoco lo consiguió. En una de estas batallas, esta vez contra una fortaleza defendida por caballeros llamados de la “Orden de los Templarios”, fue junto con su pueblo presa de un maleficio. Un maleficio que arrastran nuestros pueblos condenándolos a su desaparición, o lo que es peor, al olvido. Un maleficio que sólo tú puedes romper, tú eres “el esperado” y serás capaz de unir otra vez a nuestras gentes.

 

………cuando nuestras tropas, tras el largo asedio, entraron en la fortaleza se encontraron con que los habitantes se habían refugiado en una iglesia, al irrumpir nuestros guerreros en el templo observaron cómo…………….

 

El tuareg seguía hablando, mientras su padre asentía de vez en cuando. Yusuf comprendió ahora porqué era ese su nombre, porqué su educación había sido tan exquisita, porqué le formaron los mejores maestros beréberes, porqué le habían adiestrado en el arte de la lucha, porqué le habían inculcado toda la cultura de la dinastía almohade, porqué le habían dado clases tan exhaustivas de geografía de la península Ibérica, de la que, sin haber ido nunca, creía conocer todos los rincones, toda la orografía y toda la belleza; y lo más importante, aunque resultara paradójico, se le había enseñado nociones básicas de cristianismo, se le había enseñado política y el sistema democrático europeo, se le habían comentado las leyes de igualdad y paridad de género, de la cual, y muy a pesar de sus maestros, había adquirido la conciencia de la igualdad, la idea de que todos los humanos somos iguales y tenemos los mismos derechos. Pues todos los humanos tienen en común, bien sean esclavos o señores, hombres y mujeres, algo a lo que nadie puede doblegar: la inteligencia y, por derivación de ésta, el pensamiento. Él era el elegido, su antepasado Yusuf II fue claro. Así lo manifestaba el pergamino que el tuareg sacó de un pequeño cofre entregándosele para que le leyera, estaba escrito en tifinagh , la escritura propia de los tuaregs ya que estos fueron los elegidos para custodiarlo ...

 

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