Seis Relatos Cortos para un Río Largo

seis relatos cortos para un río largo

Seis Relatos Cortos para un Río Largo

by Sixto de la Llave Casillas, Edición 2016

Seis relatos que retratan con crudeza la vida de las gentes de la ribera, con sus anhelos y pesares, con sus vidas.

Disponible en papel y e book

 

EL ENTIERRO

Dejo en esta muestra, parte de mi primer relato para que puedan juzgar si deben o no comprar el libro, tanto si deciden hacerlo como si no, les agradezco su visita a esta página, Gracias.

 

EL ENTIERRO.

 

Félix puso encima de la mesa las mugrientas cartas que había estado barajando, y con voz queda, dirigiéndose a Pascual que se sentaba a su izquierda dijo “corta”, Pascual se limitó a dividir en dos montones desiguales, la baraja que Félix, le había puesto delante y dijo con voz que denotaba tristeza “hoy solo jugamos, hasta la hora del entierro”.

 

El bar donde se jugaba esta singular partida, era un habitáculo con poca luz, por lo que apenas se distinguía la suciedad de la nicotina adosada a todas partes, que daba a las paredes de la estancia un tono ocre, del cual no se libraban los calendarios y tres cuadros con escenas de caza, que como todo adorno ostentaba la sala, amén de un par de cabezas disecadas de jabalí, y un cartel con letras de color verde amarillento donde se podía leer “Se vende Ford Escort”, y un teléfono de contacto, el frente lo presidía una barra de madera ennegrecida por el apoyar de los codos, que hoy se encontraba vacía, y a la cual atendía una mujer cincuentona con pelo rubio teñido, de pechos grandes que trataba de disimular cubriendo con un delantal, que en alguna ocasión tuvo que ser blanco.

 

De las tres mesas que el negocio disponía, solo la del rincón estaba ocupada con la partida, Félix que se ocupaba en estos momentos de repartir las cartas rondaría los setenta, y aunque su pelo era totalmente blanco y su enjuto rostro estaba saturado de arrugas, denotaba una vitalidad impropia de su edad, y con su voz quebrada cada vez que hablaba, parecía estar transmitiendo órdenes. A su izquierda, Pascual, hombre rechoncho algo más joven que Félix, con menos ímpetu en sus movimientos y en su manera de expresarse, pero juicioso en sus aseveraciones, lo que le había hecho ganarse en el pueblo, fama de honradez y saber estar, regentaba una carpintería ebanistería heredada de su padre, lo que le había dado el sustento suficiente para vivir sin grandes lujos, pero sin incomodidades. Frente a él Ramiro, el más joven, no llegaría a los cincuenta y cinco, cabello moreno peinado a raya, impecablemente afeitado, no había nacido en el pueblo, hijo de un militar de alta graduación destinado en el ministerio nació en Madrid. Contra de la voluntad de su padre cambió la carrera de las armas por la docencia, viniendo destinado como maestro a la pequeña escuela del pueblo, aquí conoció a la que hoy es su esposa, quedándose a vivir en este “cachito de cielo”, que era como llamaba al pueblo. La cuarta silla no se ocupaba desde hacía más de dos meses, hoy también permanecía vacía, pues su ocupante habitual, Julio, iba a ser enterrado esa misma tarde.

 

Julio, había nacido en el pueblo, donde había pasado parte de su infancia, al terminar la guerra civil su familia se trasladó a Madrid, donde su padre aprovechó los años de la posguerra, para hacer un pequeño capital a costa del estraperlo, antes de morir en extrañas circunstancias, Él mientras tanto, estaba cursando sus estudios de veterinaria, estudios que su madre acabó de pagarle, con los ahorros que le dejó su difunto. Cuando acabó la carrera, y tras tres años de prácticas, por diversos lugares de nuestra geografía, pudo por fin establecerse en el pueblo, ocupando el puesto de veterinario titular. Aquí conoció a Sara, una jovencita tres años más joven que él, hija de un ganadero poseedor de unas treinta vacas avileñas y un ciento de guarros petrenes, que cebaban en montanera en una finca situada en el margen del río Tajo. Se casaron tras dos años de noviazgo y fruto de su matrimonio nació Raquel, única descendencia con que contó la pareja.

 

Fue el suyo, un matrimonio feliz, juntos siempre que tenían ocasión, gustaban de largos paseos por el campo, salían a menudo a observar los pájaros, pues la gran afición de Julio era la ornitología, y fue por esto por lo que se ganó el sobrenombre de, “el de los pájaros”, por el cual era conocido en toda la comarca. Lo siguiente que se ganó Julio, “el de los pájaros” de la gente del pueblo, fue respeto y agradecimiento, pues cuando había algún mal trago, ya fuera un incendio, una inundación, una enfermedad o cualquier caso de penuria, era el primero en ayudar, con todos los medios a su alcance, y no digamos de sus noches en vela para medicar al ganado, atender malos partos o incluso curar heridas y poner vendajes. Cuando hacía un trabajo para alguien a quien notaba escasez económica, les decía: “Estamos para ayudarnos”.

 

Lo único que turbaba la felicidad del matrimonio, era que su hija no fuera a verles más a menudo, se lo justificaban, primero, con los estudios, después, con el trabajo, pero en el fondo sabían que Raquel evitaba ir al pueblo siempre que podía, pues según ella era un pueblo aburrido, sin lugares para divertirse, al contrario que la gran ciudad, donde proliferaban los cines, teatros, restaurantes de lujo, discotecas y toda clase de locales de ocio, por otra parte (dijo a su padre en cierta ocasión), allí tenemos de todo: Hospitales, centros comerciales, y todo lo que se te pueda ocurrir. A lo que su padre contestó: todo no, no tenéis el río Tajo con sus vegas, sus cortados rocosos, su fauna, sus riberas, y lo más importante; su gente llana y sencilla, pero sincera y tenaz, que vive de su trabajo y esfuerzo diario, que os acoge con los brazos abiertos cuando venís reservando para vosotros lo mejor de sus cosechas y sus matanzas, porque nosotros sabemos dar, esperando a cambio solo un poco de cariño y comprensión. Raquel, no comprendió, o quizá no entendiera, el sentido de las palabras de su padre. Terminó la conversación diciendo: No te he entendido nunca, ni entenderé jamás que quieras tanto a este pueblo, pero, si tú lo dices…

 

Hacía cinco años que Sara murió víctima de un cáncer, desde entonces su hija Raquel había hecho miles de intentos para llevarle a vivir con ella y su marido, a un lujoso chalé, que poseía en La Moraleja, alegando, que no podía dejar a su padre vivir solo en el pueblo, pero todos estos intentos fueron en vano, ya que Julio, en el pueblo y según argumentaba a su hija, no se encontraba solo, pues contaba con amigos y muchos vecinos que le ayudaban a sobrellevar la pérdida reciente de su esposa; unas veces paseando, otras jugando la partida, incluso algunos jóvenes, se habían convertido en asiduos discípulos suyos; frecuentaban con él los hermosos parajes ribereños para aprender sobre los pájaros, las plantas y la naturaleza en general, de la que este hombre demostraba, día a día, ser un erudito amén de gran amante.

 

Pero fue hace dos meses cuando quizá por su estado de ánimo, o quizá porque su salud se iba resquebrajando, o tal vez fuera simplemente por satisfacer a su hija, accedió a irse a vivir con ella. Pero a los pocos días, la mala fortuna quiso que enfermara, y Raquel pensó que lo mejor para él, era internarle en una residencia para la tercera edad, de la cual tenía muy buenas referencias, estaba cerca de donde ella vivía y podrían ocuparse de su salud, mientras ella se ausentaba por motivos de trabajo, durante largos periodos de tiempo. Y fue aquí donde empezó a marchitarse rápidamente, sin dar tiempo a médicos y cuidadores a encontrar la causa por la que la vida se le iba yendo tan deprisa.

 

Félix acabó de repartir las cartas, y poniendo la última (un cuatro de oros) hacia arriba, informó, pinta en oros. Su voz sonó quebrada y temblorosa mientras sus compañeros veían, cómo una lágrima le resbalaba cayendo sobre la mesa, al mismo tiempo le oyeron decir “venga, que hay que ir a dar el último adiós al de los pájaros, joder, que bien se lo merece.

¡Qué muerte la suya!, lo último que podía esperarme era que Julio muriese “de pena”.

El doblar de las campanas les hizo soltar las cartas ...

 

 

Todas las semanas un artículo sobre historia de Puente

o un cuento clásico o una leyenda.